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ORACION

ay tanto que hacer y cada quien tiene su propia tarea en la gesta de nuestro tiempo. Madre Santísima, intercede para que yo reciba la fuerza y el aliciente para cooperar con la gran tarea de cambiar este mundo nuestro poniendo mi grano de arena, que bien podría hacer la diferencia. Amén
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viernes, 24 de enero de 2014

Comulgar con los ángeles



Cuando vamos a recibir a Jesús en la comunión, debemos hacerlo con la máxima preparación y pureza posible. Por eso, sería bueno hacer lo que hacía santa Teresita del Niño Jesús. “Me imagino a mi alma como un terreno libre y pido a la Santísima Virgen que quite de él los escombros que pudieran impedirle ser libre. Luego le suplico que levante ella misma una amplia tienda digna del cielo, que la adorne con sus propios aderezos. Después invito a todos los santos y ángeles a que vengan a dar un magnífico concierto. Creo que, cuando Jesús baja a mi corazón, está contento al verse tan bien recibido y yo también estoy contenta”.
Es, pues, importante invocar a María y a los santos, pero no olvidarnos de nuestro ángel y de los ángeles de todos los que nos rodean para que nos ayuden en esos momentos tan sublimes al unirnos con Jesús en la comunión. Santa Ángela de la Cruz decía: “Me esforcé cuanto pude por hacer la comunión con fervor. Le pedí a la Santísima Virgen que me cubriese con su manto para comulgar. Renové los votos. Le pedí al santo patriarca (san José) que me llevara de la mano a comulgar, y a mi padre san Francisco de la izquierda; al ángel de mi guarda, que viniera a mi lado y a los demás santos protectores que me acompañasen. Y con esta comitiva fui a comulgar .
San Juan Crisóstomo decía: los que comulgan de esta sangre de Cristo están con los ángeles y con los arcángeles y con las potencias del cielo, envueltos en el mismo manto real de Cristo .
Por eso, comulguemos con la máxima devoción posible en unión con María y todos los santos ángeles.

Los ángeles en los relatos bíblicos


El ángel de desierto
En la historia de Agar, esclava de Sara, la esposa de Abrahán, se nos dice que Agar huyó al desierto, porque Sara la maltrataba. Un ángel de Dios se le presentó junto a una fuente de agua. Y el ángel le aconsejó que volviera a casa de su señora . Pero cuando nació su hijo Ismael, hijo de Abrahán, Sara se sitió celosa y mandó que se fuera de la casa. Ella estuvo vagando por el desierto, desesperada, buscando agua, porque el niño moría de sed y lloraba mucho. Entonces, el ángel se le vuelve a aparecer de nuevo y le dice: “no tengas miedo porque Dios ha escuchado la voz del niño”. Y le abrió los ojos y vio un pozo de agua. Fue y llenó el odre de agua y dio de beber al niño.
Los ángeles pueden presentarse de parte de Dios para salvarnos del desierto de la soledad o de la incomprensión. Otras veces los ángeles pueden inspirar a alguien que se presente a ayudarnos y sea como un ángel que soluciones nuestro problema. Los ángeles nos levantan el ;animo y nos ayudan a sobreponernos a las dificultades para cumplir nuestra misión.
El ángel de nuestros sueños
A veces Dios permite que un ángel nos comunique mensajes por medio del sueno, como lo hizo con José, a quien dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo [...] Despertado José del sueno, hizo como el ángel del Señor le había mandado” . En otra oportunidad, el ángel le dijo en sueños: levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto y estáte hasta que yo te diga . Levántate, toma al niño y a su madre y ponte en camino a la tierra de Israel .
También Jacob, mientras dormía, tuvo un sueno. Soñó con una escalera, apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. [...] Y vio que Dios estaba sobre ella. Y asustado dijo !Qué temible es este lugar. Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo” . Los ángeles velan nuestros sueños, suben al cielo y bajan a la tierra, si se puede hablar así, para presentar ante Dios nuestras obras y oraciones. Mientras dormimos, los ángeles oran por nosotros y nos ofrecen a Dios. ¡Cuánto ora nuestro ángel por nosotros! ¿Hemos pensado en agradecérselo? ¿Pedimos oraciones a los ángeles de nuestros familiares y amigos?, ¿Y a los que están adorando a Jesús en los sagrarios? Pidamos oraciones por nosotros a los ángeles. Ellos velan nuestros sueños.
El ángel de la bendición
Los ángeles también nos bendicen frecuentemente en nombre de Dios. Por eso, es hermoso lo que dice Jacob, cuando bendice a su hijo José y sus nietos Efraín y Manases: “El ángel que me ha librado de todo mal, bendiga a estos pequeños” . Pidamos la bendición del ;ángel antes de acostarnos, y cuando vayamos a realizar algo importante, como se la pedimos también a nuestros padres, cuando vamos de viaje, o como los niños cuando van a dormir.
El ángel de la oración
Un ángel de Dios se le aparece a la que será madre de Sansón, que era estéril. Le dice que va a concebir un hijo, el cual debe ser nazareo, consagrado a Dios desde el nacimiento. Él no deberá beber vino ni bebida fermentada. No debe comer nada impuro ni dejarse cortar el cabello. En una segunda oportunidad, se le aparece también al padre, llamado Manóaj, quien le pregunta su nombre. El ángel le contesta: ¿por qué me preguntas mi nombre, si es maravilloso? [...] Si quieres preparar un holocausto, ofréceselo a Dios [...]. Y Manóaj tomó el cabrito y la oblación y lo ofreció a Dios sobre la roca. Manóaj y su mujer estaban mirando. Cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el ángel subía en la llama.
El ángel comunica a los padres de Sansón la noticia que tendrían un hijo y que, según los planes de Dios debe ser consagrado a Dios desde el nacimiento. Y cuando ofrecen un sacrificio, el ángel sube con la llama hacia Dios, para significar que los ángeles ofrecen nuestros sacrificios y oraciones a Dios.
El arcángel san Rafael es uno de los que presentan nuestras oraciones a Dios. Dice:” Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada a la Gloria de Señor. Cuando orabais tú y tu nuera Sara, yo presentaba ante Dios sus oraciones”.
El ángel de la curación
Todos conocemos la hermosa historia del arcángel san Rafael, descrita en el libro de Tobías. Tobías buscó un compañero para que lo acompañara en su largo viaje a Media, pues, en aquellos tiempos, los caminos eran muy peligrosos. “Y encontró a Rafael el ángel; pero no sabía que era un ángel . Antes del viaje, el padre bendice a su hijo Tobías: “Que el Señor los proteja y su ángel los acompañe con su protección” . Y cuando la madre se pone a llorar desconsolada, porque se va su hijo y no sabe si regresará con vida, el padre le dice: “un buen ángel lo acompaña y le dará un viaje feliz y lo traerá sano” .
Cuando Tobías se baña en el río Tigris, un pez grande saló como para devorarlo y el ángel le dijo: “Agarra el pez, ábrelo, sácale la hiel, el corazón y su hígado y guárdatelo; tira los intestinos, porque su hiel, su corazón y su hígado son remedios útiles. [...] La hiel sirve para untar los ojos de un hombre con cataratas para que quede sano.
Cuando regresaron del largo viaje, después de que Tobías se casara con Sara, Rafael le dijo a Tobías: “Tengo por seguro que se abrirán los ojos de tu padre. Úntale los ojos con la hiel del pez y el remedio hará que las manchas blancas se contraigan y se le caerán como escamas de los ojos. Y así tu padre podrá mirar y ver la luz . [...] Y Tobías le aplicó el remedio a su padre y con ambas manos le quitó las escamas de la comisura de los ojos: Ahora te veo, hijo, luz de mis ojos . San Rafael arcángel es considerado como “Medicina de Dios”, como si fuera un médico especialista en todas las enfermedades. Haríamos bien en invocarlo en todas las enfermedades para que podamos obtener la curación con su intercesión.
El ángel del fuego
Cuando los tres jóvenes hebreos Misaj, Sidraj y Abed-Nego, fueron echados al horno de fuego en Babilonia por el rey Nabucodonosor, el fuego no los quemó y se paseaban entre el fuego cantando y alabando a Dios, pero se veían cuatro en vez de tres. Por eso el rey preguntó a sus consejeros: ¿No hemos echado al fuego a estos tres hombres atados? Pero yo estoy viendo cuatro hombres que se pasean libremente por el fuego sin sufrir daño alguno y el cuarto tiene el aspecto de un hijo de los dioses . [...] Y Nabucodonosor excalmó: Bendito sea el Dios de Sidraj, Misaj y Abed-Nego que ha enviado a su ángel a librar a sus siervos que confiando en Él quebrantaron la ley y entregaron su cuerpo antes de servir y adorar a ningún otro fuera de su Dios .
El ángel los libró del fuego y se paseaba con ellos, cantando y alabando a Dios. En caso de catástrofes naturales, incendios o desgracias de cualquier tipo, Dios nos puede ayudar y salvar por medio de nuestro ángel. Incluso, nos puede salvar de animales peligrosos como salvó a Daniel del foso de los leones .
El ángel proveedor
En una oportunidad, el profeta Elías estaba en pleno desierto, después de haber huido a Jezabel y estaba hambriento y sediento y quería morirse. Deseó la muerte, se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel lo tocó y dijo: “levántate y come”. Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió por segunda vez el ;ángel de Dios, le tocó y le dijo: “levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”. Se levantó, comió, bebió y con la fuerza de aquella bebida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.
Así como el ángel le dio de comer y beber a Elías, también Dios nos puede dar de comer y beber por medio de nuestro ángel, cuando estamos en momentos angustiosos. Puede hacerlo con un milagro o por medio de otras personas que compartan su pan y su comida con nosotros. Por eso, Jesús nos dice en el Evangelio: Dadles vosotros de comer . Nosotros también somos como ángeles proveedores para otros que están en necesidad.
El ángel protector
Dios nos dice en el salmo 91: “Aunque a tu lado caigan mil y a tu derecha diez miel, a ti no te alcanzará. No ha de alcanzarte el mal ni la plaga llegará hasta tu tienda. Porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos. Te llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra. Pisotearás leones y dragones. A ti no te alcanzará”. En medio de las dificultades más extremas, aun en plena guerra, cuando las balas silben a nuestro alrededor o la peste se extienda por la vecindad, Dios puede salvarnos por medio de sus ángeles. “En lo más duro de la pelea, se les aparecieron en el cielo a los adversarios cinco varones resplandecientes, montados en caballos con frenos de oro, que poniéndose a la cabeza de los judíos y tomando en medio de ellos al Macabeo, lo protegían con sus armas, le guardaban incólume y lanzaban flechas y rayos contra el enemigo, que herido de ceguera y espanto caía”.
El ángel del nacimiento
Gabriel es el mensajero de Dios por excelencia, pues fue el encargado de comunicarle a María la gran noticia de que iba a ser la madre de Jesús . Algunos autores han considerado a Gabriel como el ángel de los nacimientos, como si tuviera un poder especial para que las mamás den a luz sin dificultad. No estará demás invocarlo a él junto al ángel del niño por nacer y al ángel de la madre y del padre, para que haya un parto feliz.
El ángel de la alegría
Aquella noche de Navidad, un ángel se apareció a los pastores y les comunicó la gran noticia del nacimiento del Salvador. El ángel estaba tan contento que se puso a cantar y a alabar a Dios con “una multitud del ejército celestial, diciendo: Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres de buena voluntad” . Cuando estemos especialmente alegres, unámonos a los ángeles para cantar y alabar a Dios con ellos y agradecerle por todos los beneficios recibidos. No olvidemos que los ángeles anunciaron a María Magdalena y a las buenas mujeres la alegría de la resurrección de Jesús . Recordemos lo que dice Jesús: “En el cielo hay mucha alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte” . Por eso, procuremos mejorar nuestra vida y amar cada día más a Dios y digamos con el salmo: “En presencia de los ángeles cantaré para ti, Señor” .
Los ángeles servidores
Los ángeles nos ayudan y están puestos por Dios para servirnos y ayudarnos en todas nuestras necesidades. Así lo hicieron con Jesús: “Permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían” ¿Cuántas veces nuestro ángel nos habrá servido en las mínimas cosas de la vida o habrá hecho que alguien nos sirviera para hacernos felices? ¿Le pedimos ayuda frecuentemente? Si no los invocamos, podemos perdernos muchas bendiciones que Dios sólo nos dará a través del ángel, a quien ha puesto a nuestro lado, no para que tome nota de lo que hacemos o dejamos de hacer, sino para ayudarnos en nuestro camino por la vida.
El ángel liberador
“Metieron a los apóstoles en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor les abrió de noche las puertas de la prisión” . También san Pedro estaba en la cárcel y se le presentó el ángel del Señor. La celda se llenó de luz y el ángel despertó a Pedro, a quien dijo: “Cíñete y cálzate las sandalias. Así lo izo. Añadió: Ponte el manto y sígueme. Y salió siguiéndole... Salieron (de la cárcel) y anduvieron hasta el fin de una calle. Y de pronto, el ángel lo dejó” . El ángel lo libró de las cadenas y también nos puede librar a nosotros de la cadena de la droga, del alcohol, de la pornografía o de cualquier otro vicio. Pidamos ayuda a Dios y a nuestro ángel, sin olvidar a María, que es nuestra Madre.
El ángel que nos lleva al cielo
Dice Jesús en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) que, cuando murió el pobre Lázaro fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Nuestro ángel custodio nos acompañará después de la muerte, incluso durante, y no nos dejará solos hasta el momento en que nos presente totalmente limpios ante Dios y nos haga entrar en el cielo. Agradezcamos a nuestro ángel por todo lo que nos requiere y nos ayuda.
El ángel de la predicación
El profeta Isaías tiene una experiencia que cambia su vida. El la relata así: “El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor, sentado sobre su trono alto y sublime. Había ante Él serafines... Uno de los serafines voló hacia mí, teniendo en sus manos un carbón y tocando con él mi boca, dijo: Mira, Esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido quitada y borrado tu pecado. Y oí la voz del Señor, que me decía: ¿A quién enviaré y quién irá de nuestra parte?” Y Yo le dije: “Aquí estoy yo, envíame a mí”. Un serafín de los que estaban adorando ante el trono de Dios le tocó con los labios con fuego divino para que sus palabras fueran puras, purificándolas de todos sus pecados anteriores. Y entonces, Dios mismo, le pregunta si está dispuesto a ir de su parte a evangelizar. Isaías se pone a su disposición y es bendecido por Dios como profeta y evangelizador. Nosotros también necesitamos purificar nuestra boca de todas las malas palabras por la confesión y pedir a Dios que el fuego del Espíritu Santo nos purifique para que todas nuestras palabras sean puras y puedan llegar al corazón de nuestros hermanos. Todos estamos llamados a ser misioneros y predicar la palabra de Dios. ¿Estás tu dispuesto a ponerte al servicio de Dios para esta gran misión? Dios quiere purificarte. Tú eres más que el carbón de Isaías y tú puedes ser instrumento de Dios para purificar y santificar la vida de los demás.

La Jerarquía celeste


(Selección, I a VI)

De: Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita.
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1990. Edición preparada por Teodoro H. Martin-Lunas. págs. 119-144


CAPITULO I
El presbítero Dionisio a su copresbítero Timoteo. Aun cuando la iluminación procede por amor de múltiples maneras hacia los objetos que están bajo su providencia, no obstante permanece en su misma simplicidad y unifica a cuanto ilumina
1. "Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces". Más aún, la Luz procede del Padre, se difunde copiosamente sobre nosotros y con su poder unificante nos atrae y lleva a lo alto. Nos hace retornar a la unidad y deificante simplicidad del Padre, congregados en El. "Porque de El y para El son todas las cosas", como dice la Escritura.
2. Invoquemos, pues, a Jesús, la Luz del Padre, "la luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre", "por quien hemos obtenido acceso" al Padre, la luz que es fuente de toda luz. Fijemos la mirada lo mejor que podamos en las luces que los Padres nos transmiten por las Sagradas Escrituras. En cuanto nos sea posible estudiemos las jerarquías de los espíritus celestes conforme la Sagrada Escritura nos lo ha revelado de modo simbólico y anagógico. Centremos fijamente la mirada inmaterial del entendimiento en la Luz desbordante más que fundamental, que se origina en el Padre, fuente de la Divinidad. Por medio de figuras simbólicas, nos ilustra sobre las bienaventuradas jerarquías de los ángeles. Pero elevémonos sobre esta profusión luminosa hasta el puro Rayo de Luz en sí mismo.
Por supuesto, este Rayo de Luz no pierde nada de su propia naturaleza ni de su íntima unidad. Aun cuando actúa y se multiplica exteriormente, como es propio de su bondad, para ennoblecer y unificar los seres que están bajo su providencia, sin embargo permanece interiormente estable en sí mismo, absolutamente firme en identidad inmóvil. Da a todos, en la medida de sus fuerzas, poder para elevarse y unirse a El según su propia simplicidad.
Pero este Rayo divino no podrá iluminamos si no está espiritualmente velado en la variedad de sagradas figuras, acomodadas a nuestro modo natural y propio, según la paternal providencia de Dios.
3. Por lo cual, nuestra sagrada jerarquía quedó establecida por disposición divina a imitación de las jerarquías celestes, que no son de este mundo. Mas las jerarquías inmateriales se han revestido de múltiples figuras y formas materiales a fin de que, conforme a nuestra manera de ser, nos elevemos analógicamente desde estos signos sagrados a la comprensión de las realidades espirituales, simples, inefables. Nosotros, los hombres, no podríamos en modo alguno elevamos por vía puramente espiritual a imitar y contemplar las jerarquías celestes sin ayuda de medios materiales que nos guíen como requiere nuestra naturaleza. Cualquier persona reflexionando se da cuenta de que la hermosura aparente es signo de misterios sublimes. El buen olor que sentimos manifiesta la iluminación intelectual. Las luces materiales son imagen de la copiosa efusión de luz inmaterial. Las diferentes disciplinas sagradas corresponden a la inmensa capacidad contemplativa de la mente. Los órdenes y grados de aquí abajo simbolizan las armoniosas relaciones del Reino de Dios. La recepción de la Sagrada Eucaristía es signo de la participación en Jesús, y lo mismo sucede con los seres del Cielo, que de modo trascendente reciben los dones, dados a nosotros simbólicamente.
La fuente de perfección espiritual nos ha provisto de imágenes sensibles que corresponden a las realidades inmateriales del Cielo, pues cuida de nosotros y quiere hacernos a semejanza suya. Nos dio a conocer las Jerarquías celestes: instituyó el colegio ministerial de nuestra propia jerarquía a imitación de la celeste, en cuanto humanamente es posible, en su divino sacerdocio. Nos reveló todo esto por medio de santas alegorías contenidas en las Sagradas Escrituras, para elevarnos espiritualmente desde lo sensible y conceptual a través de los símbolos sagrados hasta la cima simplicísima de aquellas jerarquías celestes.


CAPITULO II
En que las cosas celestiales y divinas nos son reveladas convenientemente, aun cuando sea por medio de símbolos desemejantes
1. Ante todo, creo que debo exponer cuál es el principal objeto de toda jerarquía y en qué sentido sea provechosa a sus miembros. Luego ensalzaré las jerarquías celestes, según lo que nos ha revelado la Sagrada Escritura. Por último, hay que describir bajo qué formas sagradas la Escritura representa los órdenes celestes, pues a través de esas figuras debemos elevarnos a perfecta simplicidad.
No podemos imaginar, como hace el vulgo, aquellas inteligencias celestes con muchos pies y rostros, de forma parecida a bueyes o como leones salvajes. No tienen corvos picos de águilas ni alas o plumas de pájaros. No los imaginemos como ruedas flamígeras por el cielo, tronos materiales, cómodos, donde se sienta la Divinidad, caballos variopintos, capitanes blandiendo espadas o cualquier otra forma en que las Santas Escrituras nos lo han representado en variedad de símbolos. La teología se vale de imágenes poéticas al estudiar estas inteligencias que carecen de figuras. Pero, como queda dicho, lo hace en atención a nuestra propia manera de entender, se sirve de pasajes bíblicos puestos a nuestro alcance en forma anagógica para elevarnos más fácilmente a lo espiritual.
2. Estas figuras hacen referencia a seres tan espirituales que no podemos conocerlos ni contemplarlos. Figuras y nombres de que se valen las Escrituras son inadecuados para representar tan santas inteligencias. Efectivamente, podría objetarse que si los teólogos hubieran querido dar forma corporal a lo que es absolutamente incorpóreo, deberían haber comenzado con los seres tenidos por más nobles, inmateriales y trascendentes, en vez de acudir a múltiples formas terrenas, ínfimas, para aplicarlas a realidades divinas, que son totalmente simples y celestes. Quizás lo haga con intención de elevarnos y no de rebajar lo celeste con imágenes inadecuadas. En realidad, es una ofensa indigna a los poderes divinos e induce a error nuestra inteligencia confundiéndola con esas composiciones profanas. Uno se imaginaría fácilmente que sobre los cielos hay multitud de leones y caballos, que las alabanzas son mugidos, que vuelan bandadas de pájaros o que los cielos están llenos de otra clase de animales, materias viles y semejantes desatinos que describen, hasta el absurdo, la corrupción y pasiones.
Pero si uno investiga la verdad, pone en evidencia la sabiduría de las Escrituras. Hay en ellas providencial cuidado de no ofender a los poderes divinos cuando representan con figuras las inteligencias celestes. Con la misma solicitud evitan que nos aficionemos desordenadamente a símbolos que contengan algo de bajeza y vulgaridad. Por lo demás, dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo. Ante todo, porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. En segundo lugar, es muy conveniente que para el vulgo permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen acerca de las inteligencias celestes. No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas.
Con respecto a la inconveniencia de las imágenes bíblicas o al uso de comparaciones, tan bajas para significar jerarquías tan dignas y santas, es objeción a la que se responde diciendo que la revelación divina se presenta de dos maneras.
3. Una procede naturalmente por medio de imágenes semejantes a lo que significan. La otra emplea figuras desemejantes hasta la total desigualdad y el absurdo. Sucede a veces que las Escrituras en sus enseñanzas misteriosas representan la adorable santidad de Dios "Verbo", "Inteligencia" y "Esencia". Hacen ver que la racionalidad y sabiduría son atributos convenientes a Dios, a quien debemos considerar real subsistencia y causa verdadera de la subsistencia de todos los seres. Más aún, le representan como Luz y le llaman Vida.
Estas formas sagradas ciertamente muestran más reverencia y parecen superiores a las representaciones materiales. No son, sin embargo, menos deficientes que las otras con respecto a la Deidad, que está más allá de cualquier manifestación del ser y de la vida. No puede expresarla ninguna luz y toda razón o inteligencia no llega ni a tener parecido.
Ocurre, por eso, que las mismas Escrituras ensalzan la Deidad con expresiones totalmente desemejantes. La llaman invisible, infinita, incomprensible y otras cosas que dan a entender no lo que es, sino lo que no es. Esta segunda manera, a mi entender, es mucho más propia hablando de Dios, pues, como la secreta y sagrada tradición nos enseña, nada de cuanto ha existido se parece a Dios y desconocernos su supraesencia invisible, inefable, incomprensible.
Puesto que la negación parece ser más propia para hablar de Dios, y la afirmación positiva resulta siempre inadecuada al misterio inexpresable, conviene mejor referirse a lo invisible por medio de figuras desemejantes. Por lo cual, las Sagradas Escrituras, lejos de menospreciar las jerarquías celestes, las ensalzan con figuras totalmente desemejantes. De ese modo realmente nos damos cuenta de que aquellas jerarquías, tan distantes de nosotros, trascienden toda materialidad.
Por lo demás, no creo que ninguna persona sensata deje de reconocer que las desemejanzas sirven mejor que las semejanzas para elevar nuestra mente al reino del espíritu. Figuras muy nobles podrían inducir a algunos al error de pensar que los seres celestes son hombres de oro, luminosos, radiantes de hermosura, suntuosamente vestidos, inofensivamente llameantes, o bajo otras formas por el estilo con que la teología ha representado las inteligencias celestes.
Para evitar esos malentendidos entre gentes incapaces de elevarse por encima de la hermosura que perciben los sentidos, piadosos teólogos, sabia y espiritualmente, han condescendido con el uso de símbolos desemejantes. Obrando así, ellos han frenado nuestra natural tendencia a lo material y el deseo de satisfacernos perezosamente con imágenes de baja calidad. A la vez, han favorecido la elevación de la parte superior del alma, que siempre anhela las cosas de arriba. En efecto, la tosquedad de esos símbolos sirve de estímulo para que incluso los aficionados a las cosas terrenas no puedan juzgar verosímil ni posible la semejanza de estas cosas triviales con las celestes. Por lo demás, en todas las cosas hay algo de belleza , como dice rectamente la Escritura: "Todo es muy bueno".
4. Todas las cosas pueden favorecer la contemplación. Como antes decía, las desemejanzas con el mundo pueden aplicarse a esos seres que son a la vez inteligibles e inteligentes. Pero téngase siempre en cuenta la diferencia enorme que hay entre lo que cae bajo el dominio de los sentidos y lo propio del entendimiento. Así, en las criaturas irracionales la cólera nace de un impulso apasionado de movimiento irascible, mas hay que entenderlo de diferente modo cuando se trata de quienes disfrutan de razón. En este caso, la cólera es, yo creo, la firme actuación de la razón y capacidad de perseverar con tenacidad en principios santos e inmutables.
De modo parecido la concupiscencia. En los irracionales es una búsqueda ilimitada de bienes materiales a impulsos del instinto o costumbre de aficionarse a lo perecedero, apetito irracional dominante que induce a los vivientes a poseer cualquier cosa placentera a los sentidos. Pero cuando lo aplicamos al ser inteligente hay que entenderlo de diferente manera. Decimos que sienten deseos, pero significa el anhelo divino de la Realidad inmaterial, que está más allá de toda razón y de toda inteligencia. Es firme y constante deseo de contemplar pura e impasiblemente la Supraesencia. Hambre espiritual insaciable y verdadera comunión con la luz inmaculada y sublime, de espléndida e inefable hermosura. Intemperancia que será el ardor perfecto, inquebrantable, manifiesto en el anhelo constante de la divina hermosura, la total entrega al verdadero objeto de todo deseo.
Decimos que son irracionales los animales y objetos, porque les falta razón; a los objetos, además, sensación. Pero cuando lo decimos de los seres inmateriales, intelectuales, se entiende bajo el aspecto de santidad. Son criaturas que trascienden con mucho nuestra razón corporal discursiva, como la inteligencia sobrepasa las sensaciones materiales. Por tanto, podemos servirnos rectamente de figuras, tomadas incluso de la materia vil, con referencia a los seres celestes. Después de todo, las cosas terrenas subsisten gracias a la Hermosura absoluta, que contienen dentro de su condición material. Por la materia podemos elevarnos hasta los arquetipos inmateriales. Pero hay que tener especial cuidado para usar debidamente las semejanzas y desemejanzas. No puede establecerse una relación de identidad, sino que, teniendo en cuenta la distancia entre los sentidos y el entendimiento, se acomodarán según corresponda a cada cual.
5. Hallaremos que los teólogos místicos se sirven de esto para hablar de las jerarquías celestes y también para explicar los misterios de la Deidad. A veces la celebran con imágenes muy llamativas; por ejemplo, cuando dicen Sol de Justicia, Estrella de la mañana que se levanta hasta la inteligencia, Luz de fulgor intelectua. En otros casos se valen de expresiones más terrenas. Comparan a Dios con fuego que arde sin quemar, agua que comunica plenitud de vida, que metafóricamente llega a las entrañas y forma ríos inagotables. Usan también semejanzas de cosas ordinarias, como ungüento suave, piedra angular. Llegan hasta comparaciones de animales. Atribuyen a Dios propiedades del león, la pantera, el leopardo y el oso devorador. Añádase lo que parece más abyecto e impropio de todo, la forma de gusano con que han representado a Dios admirables intérpretes de los misterios divinos.
Así los que saben de Dios, intérpretes bajo la inspiración misteriosa, no mezclan con las cosas perfectas y profanas al "Santo de los santos". Utilizan aquella desemejante figura a fin de que las realidades divinas no se confundan con las inmundas ni los fervientes admiradores de los símbolos divinos se adhieran a tales figuras como si tuvieran existencia real. Así, con verdaderas negaciones y con desemejanzas, últimos reflejos divinos, honran a Dios como es debido.
Nada, pues, tiene de indigno representar los seres celestes, como queda dicho, por medio de semejanzas o desemejanzas inadecuadas al objeto.
En mi ordinaria investigación, esta dificultad no me habría estimulado hasta llegar a una explicación precisa de las virtudes sagradas si yo no hubiese tenido problema con imágenes de la Escritura, disformes con respecto a los ángeles. No podía mi mente satisfacerse con esa imaginería inadecuada. Tal inquietud me indujo a ir más allá de la representación material, a pasar santamente las apariencias y a través de ellas elevarme a realidades que no son de este mundo.
Pero baste ya lo dicho sobre las imágenes materiales e impropias con que las Escrituras Sagradas se refieren a los ángeles. Debo precisar ahora lo que entiendo por jerarquía y qué ventajas ofrece a quienes participan de ella. Que mi guía en esta exposición sea Cristo, mi Cristo, si es lícito hablar así, el inspirador de cuanto podemos conocer sobre la Jerarquía, y tú, hijo mío, debes seguir las recomendaciones de nuestra tradición jerárquica. Escucha devotamente estos razonamientos sagrados e inspirados y te servirá de iluminación esta doctrina. Guarda las santas verdades en lo recóndito de tu alma. Preserva su unidad frente a la multiplicidad de lo profano, pues, como dice la Escritura, no es lícito echar a los cerdos la pura, brillante y espléndida armonía de perlas espirituales.


CAPITULO III
Qué se entiende por jerarquía y cuál sea su provecho
1. A mi juicio, jerarquía es un orden sagrado, un saber y actuar lo más próximo posible de la Deidad. Se elevan a imitar a Dios en proporción de las luces que de El reciben, la Hermosura de Dios tan simple, tan buena, el origen de toda perfección no admite en sí la menor desemejanza. Dispensa a todos, según el mérito de cada cual, su luz y los perfecciona revistiéndolos misteriosa y establemente de su propia forma.
2. La jerarquía, pues, tiene por fin lograr en las criaturas, en cuanto sea posible, la semejanza y unión con Dios. Una jerarquía tiene a Dios como maestro de todo saber y acción . No deja de contemplar su divinísima hermosura. Lleva en sí la marca de Dios. Hace que sus miembros sean imágenes de El bajo todos los aspectos, espejos transparentes y sin mancillas, que reflejan el brillo de la luz primera y de Dios mismo. Luego que sus miembros han recibido la plenitud de su divino esplendor, transmiten generosamente la luz, conforme al plan de Dios, a aquellos que les siguen en la escala.
Sería grave error para los santos guías, y asimismo para los que de ellos aprenden, hacer algo contra las disposiciones sagradas de aquel que, después de todo, es la fuente de perfección. Sería un error la desobediencia, en especial si es que anhelan el divino resplandor de Dios, y han fijado para siempre la mirada en aquel fulgor. Es lo que conviene a su carácter sagrado. Y más si están configurados, en la medida de sus fuerzas, con aquella Luz.
Así es que el nombre de jerarquía designa una disposición sagrada, imagen de la hermosura de Dios, que representa los misterios de la propia iluminación, gracias al orden sagrado de su rango y de sus saberes. Se asemeja a la propia fuente y, en cuanto es posible, se configura con su propio origen. Porque la perfección de cada uno de cuantos están en este sagrado orden consiste principalmente en que, según la propia capacidad, tiende a la imitación de Dios. Más admirable aún: llega a ser, como dice la Escritura, "cooperador de Dios" y reflejo de la actividad divina en cuanto es posible.
Por eso, cuando el orden sagrado dispone que unos sean purificados y otros purifiquen; unos sean iluminados y otros iluminen; unos sean perfeccionados y otros perfeccionen, cada cual imitará a Dios de hecho según el modo que convenga a su función propia. Lo que nosotros llamamos bienaventuranza de Dios está libre de toda desemejanza. Es plena luz, sempiterna, perfecta, sin que le falte nada. Ella es la que purifica, ilumina y perfecciona. 0 mejor, es la santa purificación, iluminación, perfección. Está por encima de toda purificación, sobre toda iluminación; es la verdadera fuente de perfección, más que perfecta. Causa de toda jerarquía, sobrepasa con mucho todo lo sagrado.
3. A mi parecer, los ya purificados están perfectamente limpios de toda mancha y libres de la menor desemejanza. Creo que cuantos reciben la iluminación sagrada están llenos de luz divina y levantan los santos ojos de la mente hasta alcanzar plena capacidad de contemplación. Finalmente, pienso que los perfectos, lejos ya de toda imperfección, deben unirse a quienes contemplan los santos misterios con ciencia perfeccionante. Justo es que quienes purifican hagan a otros participar de su abundante pureza. Justo asimismo que quienes iluminan mentes más transparentes que las otras, gozosamente llenos de sagrado fulgor y capaces tanto de recibir como de transmitir la luz, la desborden doquier y difundan entre los que sean dignos de ella.
Por último, que quienes tienen el oficio de crear perfección, muy entendidos en la doctrina perfeccionante, deben hacer que los perfectos lleguen a ser como ellos, instruyéndolos en la doctrina sagrada de lo que ya contemplan devotamente.
Resulta, pues, que cada orden de la jerarquía sagrada, según a cada cual corresponde, se eleva hasta la cooperación con Dios. Con la gracia y poder que Dios da hace cosas que natural y sobrenaturalmente son propias de la Deidad. Algo que El lleva a cabo supraesencialmente y luego lo revela por la jerarquía a las inteligencias que aman a Dios para que éstas las imiten dentro de lo posible.


CAPITULO IV
Lo que significa el nombre "ángel"
1. Creo que he explicado ya lo que entiendo por jerarquía y debo, según eso, entonar un himno de alabanza a las jerarquías angélicas. Con ojos que miren más allá del mundo he de contemplar las figuras sagradas que les atribuyen las Escrituras para que, a través de esas místicas representaciones, podamos elevamos hasta la simplicidad de Dios. Entonces, con la debida adoración y acción de gracias, glorificaremos a la Deidad, fuente de cuanto podamos conocer de las jerarquías.
Ante todo, debemos afirmar esta verdad: la Deidad supraesencial ha establecido la esencia de todas las cosas y les ha dado la existencia. Es propio de la Causa universal, Bondad suprema, llamar a comunión consigo todas las cosas en cuanto a éstas les es posible. Por eso, todo ser participa en cierto modo de la Providencia que viene de la Deidad supraesencial, Causa de todo. En realidad, nada puede existir sin que dependa en modo alguno de aquel que es fuente de todo ser. De El participan las cosas inanimadas por el mero hecho de existir, pues todo ser debe la propia existencia a la Deidad trascendente . Los vivientes, a su vez, participan del poder que da la vida y sobrepasa toda vida. Los seres dotados de razón e inteligencia participan de la Sabiduría, perfección absoluta, primordial, que sobrepasa toda razón e inteligencia. Queda claro, pues, que estos últimos seres están más próximos a Dios porque de muchas maneras comparten con El.
2. Comparados con las cosas que se limitan a existir, con los seres de vida irracional, e incluso con nuestra naturaleza racional, los santos órdenes de seres celestes son evidentemente superiores por cuanto han recibido de la divina largueza. En el modo de conocer se parecen a Dios. Con El conforman sus inteligencias. Por eso, entran naturalmente en mayor comunión con la Deidad: porque están siempre en marcha a las alturas; porque, en cuanto es posible, tienden a concentrarse en el indeficiente amor de Dios; porque de modo inmaterial y en toda pureza reciben la luz directamente de su origen; porque su vida, guiada por tal luz, es plenamente inteligente.
Estas inteligencias son las que más íntima y ricamente participan de Dios, y a su vez son las primeras y más abundantes en transmitir a los demás los misterios escondidos de la Deidad. Por lo cual, a ellos les corresponde por excelencia antes que a nadie el título de ángel o mensajero. Son los primeros en recibir la iluminación de Dios y por medio de ellos se nos transmiten las revelaciones que exceden sobremanera nuestros alcances; como dice la Escritura, la Ley que nos fue dada por ángeles. En tiempos anteriores y después de la Ley fueron ángeles los que guiaron hasta Dios a nuestros ilustres antepasados. Lo hacían manifestándoles lo que debían hacer o apartándolos del error y vida de pecado para traerlos al camino recto de la verdad. También les revelaban las sagradas jerarquías visiones de misterios escondidos a este mundo, o divinas profecías.
3. Quizás alguien diga que Dios ha aparecido sin intermediarios a algunos santos. Debe saber que las Santas Escrituras afirman claramente que "a Dios nadie le vio jamás" y nunca verá nadie lo más recóndito de la Deidad. Cierto que Dios se ha aparecido a personas santas. Así era conveniente a la Deidad acomodarse a la manera de ser de los videntes. La sagrada teología llama con razón teofanía a las visiones en que Dios, que no tiene figura, se manifiesta en semejanza y forma determinada. Dispone a los videntes para un plano divino. Reciben iluminación de Dios y de algún modo quedan instruidos sobré los misterios divinos. Fue el poder de Dios quien dispuso a nuestros antepasados para verle de esta manera.
¿No afirma la Escritura que Moisés recibió directamente de Dios las sagradas ordenanzas de la Ley? Así podía enseñarnos con verdad que aquella legislación era copia exacta de lo divino y sacrosanto. Pero la teología nos muestra claramente que estas divinas ordenanzas nos fueron dadas por medio de los ángeles a fin de que aprendamos el mismo orden establecido por Dios: que mediante las jerarquías superiores los seres inferiores se elevan a la Deidad. Ahora bien: en la Ley dada por el que es principio supraesencial de todo orden hay disposiciones que afectan no sólo a los grados superiores y a los inferiores de aquellas inteligencias. Establece, además, que dentro de cada jerarquía los órdenes y potencias se distribuyen en tres grados: primero, medio y último, y que los más próximos a la Deidad deben instruir a los menos cercanos guiándolos hasta la presencia de Dios, su iluminación y comunión.
4. Observo también que el divino misterio del amor de Jesús a los hombres fue primeramente manifiesto a los ángeles y por medio de ellos llegó a nosotros la gracia de su conocimiento. Fue el santísimo Gabriel quien declaró al sacerdote Zacarías el misterio de que, contra toda esperanza y por gracia de Dios, tendría un hijo que sería el profeta de la obra divino‑humana de Jesús, quien iba a manifestarse para bien y salvación del mundo. Gabriel comunicó a María cómo se cumpliría en ella el misterio divino de la inefable deiformación. Otro ángel explicó a José que verdaderamente se habían cumplido las promesas hechas a su antepasado David. Otro asimismo llevó la buena nueva a los pastores que por su vida tranquila y separada de las gentes estaban ya de algún modo purificados. Se juntó al ángel "una multitud del ejército celestial" para transmitir a todos los habitantes del orbe el célebre himno de alabanza.
Levantemos ahora la mirada a las más altas revelaciones de las Escrituras. Observo, efectivamente, que Jesús, Causa supraesencial de todos los seres que viven más allá del universo, vino a tomar forma humana sin cambiar su propia naturaleza. Después nunca abandonó la forma humana que El había dispuesto y escogido. Obediente la sometió a los deseos de Dios Padre, que los ángeles hicieron manifiestos. Angeles fueron los que instruyeron a José sobre los planes del Padre para la huida a Egipto y el retorno a Judea. Jesús mismo recibió órdenes del Padre por medio de los ángeles. No tengo necesidad de recordaros la sagrada tradición del ángel que confortó a Jesús o del hecho que Jesús mismo, por la sobreabundante bondad con que llevó a cabo nuestra salvación, es contado entre los ángeles de la revelación con el nombre de "Angel del consejo". ¿No fue El en verdad un ángel por habernos anunciado lo que conoció del Padre?


CAPITULO V
¿Por qué llaman indistintamente ángeles a todos los del Cielo?
Esta es, en cuanto yo alcanzo a conocer, la razón del nombre "ángel" en las Escrituras. Pero ahora creo que debo preguntarme por qué los teólogos llaman indistintamente ángeles a todos los del Cielo, a la vez que, al tratar de las jerarquías celestes, reservan el nombre de "ángeles" para el último orden jerárquico, el que está subordinado a los grados de los arcángeles, principados, autoridades y poderes que las Escrituras reconocen superiores.
En todas las jerarquías sagradas el grado superior de cada orden posee las Iluminaciones y poderes de los que le están subordinados, pero éstos no tienen las propias de los superiores. Los teólogos dan el nombre de "ángel" también a los órdenes más altos y santos de entre los seres celestes por el hecho de que manifiestan las iluminaciones, procedentes de la Deidad. Pero hablando concretamente del último orden de los seres celestes no hay razón para llamar ángeles a los miembros de los principados, tronos o serafines, porque los ángeles no participan de los supremos poderes de éstos. Sin embargo, así como este orden superior eleva a nuestros inspirados jerarcas hasta donde ellos conocen de la luz de Dios, los órdenes del grado superior elevan a sus subordinados los ángeles hacia la Deidad.
Si la Escritura emplea el mismo nombre para todos los ángeles es porque los poderes celestes tienen en común una capacidad, inferior o superior, para identificarse con Dios y entrar, más o menos, en comunión con la luz que viene de EL.
Mas, para aclarar todo esto, contemplemos con mirada pura las santas propiedades de cada orden celeste tal como la Escritura lo ha revelado.


CAPITULO VI
Cuáles sean la primera clase, media e inferior del orden celeste
1. ¿Cuántos son y cómo se clasifican los órdenes celestes? ¿Cómo cada una de las jerarquías logra la perfección? Sólo el que es Fuente de toda perfección podría responder con exactitud a estas preguntas, pero, al menos, ellos conocen las iluminaciones y poderes propios de cada orden y su puesto en este orden sagrado y trascendente. Por lo que a nosotros toca, no es posible conocer el misterio de las mentes celestes ni entender cómo alcanzan la más alta perfección. Podemos tan sólo conocer lo que la Deidad nos ha manifestado misteriosamente por medio de ellos, ya que conocen bien sus propiedades. Nada, por tanto, tengo que decir por mí mismo de todo esto y me contento meramente con explicar como mejor pueda lo que aprendí de los santos teólogos sobre los ángeles tal como ellos nos lo transmite.
2. La Escritura ha cifrado en nueve los nombres de todos los seres celestes, y mi glorioso maestro los ha clasificado en tres jerarquías de tres órdenes cada una. Según él, el primer grupo está siempre en torno a Dios, constantemente unido a El, antes que todos los otros y sin intermediarios. Comprende los santos tronos y los órdenes dotados de muchas alas y muchos ojos que en hebreo llaman querubines y serafines. Conforme a la tradición de las Santas Escrituras están colocados inmediatamente junto a Dios y a su alrededor, más cerca que ninguno de los otros. Este triple grupo, dice mi célebre maestro, forma una sola jerarquía que es verdaderamente la primera. Sus miembros disfrutan de igual estado. Son los más divinizados y los que reciben primero y más directamente las iluminaciones de la Deidad.
El segundo grupo, dice, lo componen potestades, dominaciones y virtudes. El tercero, al final de las jerarquías celestes, es el orden de los ángeles, arcángeles y principados.

La angelología en Daniel

La angelología en Daniel




Bertrand de Margerie S.J.
Traducido del francés 

por José Gálvez Krüger (Studia Limensia) para ACI Prensa

Las apariciones de los Ángeles en el libro de Daniel no son, en el universo bíblico, una novedad. Se les encontraba ya en Gn 18-19, Zacarías y Tobías (12, 15: Rafael).
En Daniel, es su multitud lo que sorprende, lo mismo que dos ángeles individuales: Gabriel y Miguel. Volvemos a encontrar a ambos en el Nuevo testamento. A Gabriel como mensajero de las Revelaciones divinas (en Lucas), Miguel como defensor del pueblo de Dios (en el Apocalipsis).
En los escritos bíblicos anteriores (como Pentateuco, Profeta, Escritos), se ve ya a Yahvé presidir un consejo de seres celestes, sus servidores y mensajeros potenciales. Gabriel es, a la vez, un revelador y u ángel intérprete.
Se puede pensar que la angelología “exuberante” de Daniel, influenciando la del Apocalipsis joánica, jugó un rol en la evolución de la doctrina de la Iglesia sobre los Ángeles guardianes al servicio de cada bautizado y de su salvación eterna. Recordemos, en particular, el numeral 336 del Catecismo de la Iglesia Católica: Desde el comienzo hasta el tránsito, la vida humana esta rodeada de su intercesión. Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida. Desde aquí abajo, la vida cristiana participa, en la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios”.
El libro de Daniel presupone, también, que las naciones terrestres tienen en el cielo Ángeles guardianes. Entre los innumerables Ángeles que circundan a Yahvé, está el del reino Persa (10, 13). Este ángel, según la Biblia de Osty, trató de obstaculizar la ruta al hombre vestido de lino para impedir la transmisión de un mensaje de muerte para el país que protege (cf. Dt 32, 8 texto griego; y sobre todo Si 17, 17: “A cada nación le presentó un jefe”)
En la continuidad de la tradición israelita (Jue 5, 20; Job 38, 7) y aun de la mitología cananea (para los textos ugaríticos  las estrellas aparecían como miembros del consejo divino) las estrellas se identifican con las fuerzas angélicas. Brillar como estrellas significa unir esas fuerzas angélicas. En el judaísmo inter-testamentario, los justos están frecuentemente considerados como compañeros de los Ángeles después de la muerte, los justos son considerados, frecuentemente, como compañeros de los Ángeles después de la muerte (cf Dn 12).
La formulación de la resurrección con referencia a las estrellas sugiere incluso una relación con la convicción helenística, muy extendida, de la inmortalidad astral. Daniel adaptó el pensamiento helenístico a las concepciones israelitas tradicionales. Los judíos no pensaban que las estrellas fuesen dioses pero veían en ellas a los miembros del respetadísimo consejo angélico de Yahvé: los justos.
El libro de Daniel en sus relaciones con los libros de los Macabeos y los Sabios
Los libros de los Macabeos se sitúan en el clima y las tradiciones de la guerra santa.
El primero supone una sinergia entre el Señor y sus ejércitos, por un lado, la libertad y las fuerzas humanas de los Macabeos, por el otro. Dios se bate con las espadas de los Macabeos. Por consecuencia, el libro concede una gran importancia a su acción militar. Encontramos en ese libro los valores esenciales que inspiraron a los zelotes, comprendidos en las revueltas judías contra Roma. Los héroes de la revuelta son guerreros poderosos. Se acentúa la sujeción a la ley.
En Macabeos II el acento se pone en el Templo. El rol humano en la guerra santa no está limitado a la acción militar. Ese segundo libro habla extensamente de la muerte de los mártires (caps. 6 y 7). Los guerreros no sólo están para contribuir a la victoria. Los que sufren cumplen un rol.
Daniel se sitúa al interior de las tradiciones de la guerra santa. La situación política de la guerra santa. La situación política, como es vista por Daniel, implica, no sólo, los conflictos de los poderes humanos, sino además a los ángeles protectores de las naciones. Los “sabios instructores” con mucho sufren persecución haciendo comprender el plan divino (11,33) y facilitando el acceso a una condición evangélica; ningún fin puede ser alcanzado a través de una revuelta violencia. La victoria debe ser obra de Dios y del ejército angélico. Uno se prepara, mediante el sufrimiento purificador y mediante la instrucción relativa a los misterios escatológicos. Por la sabiduría.
Esta sabiduría, que permite sobrepasar persecución y muerte, nos recuerda la contemporánea Sabiduría de Salomón. La presentación del justo en la “Sabiduría” manifiesta paralelos sorprendentes con Daniel. Conocimiento de Dios, prueba, sufrimiento, purificación luminosa en ambos casos. En Daniel “los inteligentes” resplandecerán como estrellas, mientras que, en la Sabiduría, los justos brillarán como chispas y dominarán sobre los pueblos (3,7). La continuidad entre los dos libros es notable. A pesar de la ausencia de connotaciones políticas en la “Sabiduría”, el justo, en los dos libros, puede resistir la persecución porque comprende el misterio del Fin y puede trascender la muerte gracias a la sabiduría.
Conclusión: La Resurrección, consolación ofrecida a los mártires por el Hijo del Hombre
El Libro de  Daniel debió haber aparecido en un medio piados. Muchas veces se le ha presentado, erróneamente, como uno de los promotores de la insurrección de los Macabeos. Si contribuyó a ese resultado, fue contra su voluntad, observa M. Melchor.
En efecto, la actitud que Daniel aconseja no es la lucha armada, sino la espera (12,12) hasta la muerte, si fuese necesario. La sublevación no constituía, a los ojos de Daniel, sino un “pequeño auxilio” (cf 11, 32-35).
El libro de Daniel nos hace comprender que la persecución de Antíoco Epifanes fue la última prueba sufrida antes de la venida del Mesías, una prefiguración de la última prueba que el pueblo de la Nueva Alianza podrá sufrir antes de su Regreso. Las pruebas anteriores sufridas por Israel eran más colectivas que individuales y no ponían tanto énfasis en la perseverancia individual en la fe y en la esperanza. Su horizonte era menos personal. La nueva Alianza, anunciada por Jeremías y el sacrificio del servidor sufriente están cercanos a la presencia anticipada del Hijo del Hombre.
Antes de la primera venida de Cristo, la Iglesia de la Primera Alianza pasó por una prueba final estremeció a muchos creyentes. La persecución que acompaña su peregrinaje sobre la tierra santa develó un “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa; solución aparente a los problemas de los Judíos de ese tiempo al precio de una apostasía en el curso de la cual (como ocurrirá en la segunda venida) el hombre se glorificaba a sí mismo en lugar de Dios y de su Mesías prometido y anunciado.
Daniel ayudaba a los Judíos de su tiempo y los cristianos de nuestro tiempo a afrontar la muerte y el sacrificio de la vida a causa del Justo.

jueves, 23 de enero de 2014

Catequesis de Juan Pablo II sobre ángeles y demonios

Catequesis de Juan Pablo II sobre ángeles y demonios

La existencia de los ángeles revelada por Dios (9.VII.86)
1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador del mundo, no podían concluirse sin dedicar una atención adecuada a un contenido concreto de la revelación divina: la creación de los seres puramente espirituales, que la Sagrada Escritura llama 'ángeles'. Tal creación aparece claramente en los Símbolos de la Fe, especialmente en el Símbolo niceno-constantinopolitano: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (esto es, entes o seres) 'visibles e invisibles'. Sabemos que el hombre goza, dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que vivifica el cuerpo, se halla casi en el confín entre la creación visible y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a la luz de la Revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales, por consiguiente no propios del mundo visible, aunque están presentes y actuantes en él. Ellos constituyen un mundo específico.
2. Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada.La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura, habitualmente, llama 'ángeles', era negada ya en tiempos de Cristo por los saduceos (Cfr. Hech 23, 8). La niegan también los materialistas y racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente observa un teólogo moderno, 'si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación' (.). Toda la Tradición es unánime sobre esta cuestión. El Credo de la Iglesia, en el fondo, es un eco de cuanto Pablo escribe a los Colosenses: 'Porque en El (Cristo) fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por El y para El' (Col 1, 16). O sea, Cristo que, como Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es 'primogénito de toda criatura' (Col 1, 15), está en el centro del universo como razón y quicio de toda la creación, como ya hemos visto en las catequesis precedentes y como todavía veremos cuando hablemos más directamente de El.
3. La referencia al primado de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad acerca de la existencia y acción de los ángeles (buenos y malos) no constituyen el contenido central de la Palabra de Dios.En la Revelación, Dios habla en primer lugar 'a los hombres. y pasa con ellos el tiempo para invitarlos y admitirlos a la comunión con El', según leemos en la Cons. 'Dei Verbum' del Conc. Vaticano II (n.2). De este modo 'las profunda verdad, tanto de Dios como de la salvación de los hombres', es el contenido central de la Revelación que 'resplandece ' más plenamente en la persona de Cristo (Cfr. Dei Verbum 2).La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, 'colateral', y, no obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador que brillan en toda la creación ('visible' e 'invisible') y en la acción salvífica de Dios en la historia del hombre. Los ángeles no son, criaturas de primer plano en la realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella plenamente, tanto que en algunos momentos les vemos cumplir misiones fundamentales en nombre del mismo Dios.
4. Todo esto que pertenece a la creación entra, según la Revelación, en el misterio de la Providencia Divina. Lo afirma de modo ejemplarmente conciso el Vaticano I, que hemos citado ya muchas veces: 'Todo lo creado Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia extendiéndose de un confín al otro con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas. "Todas las cosas están desnudas y manifiestas a sus ojos", hasta aquello que tendrá lugar por libre iniciativa de las criaturas'. La Providencia abraza, por tanto, también el mundo de los espíritus puros, que aun más plenamente que los hombres son seres racionales y libres. En la Sagrada Escritura encontramos preciosas indicaciones que les conciernen.Hay la revelación de un drama misterioso, pero real, que afectó a estas criaturas angélicas, sin que nada escapase a la eterna Sabiduría, la cual con fuerza (fortiter) y al mismo tiempo con bondad (suaviter) todo lo lleva al cumplimiento en el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
5. Reconozcamos ante todo que la Providencia, como amorosa Sabiduría de Dios, se ha manifestado precisamente al crear seres puramente espirituales, por los cuales se expresa mejor la semejanza de Dios en ellos, que supera en mucho todo lo que ha sido creado en el mundo visible junto con el hombre, también él, imborrable imagen de Dios. Dios, que es Espíritu absolutamente perfecto, se refleja sobre todo en los seres espirituales que, por naturaleza, esto es, a causa de su espiritualidad, están mucho más cerca de El que las criaturas materiales y que constituyen casi el 'ambiente' más cercano al Creador.La Sagrada Escritura ofrece un testimonio bastante explícito de esta máxima cercanía a Dios de los ángeles, de los cuales habla, con lenguaje figurado, como del 'trono' de Dios, de sus 'ejércitos', de su 'cielo'. Ella ha inspirado la poesía y el arte de los siglos cristianos que nos presentan a los ángeles como la 'corte de Dios'.
La caída de los ángeles malos (23.VII.86)
1. Proseguimos hoy nuestra catequesis sobre los ángeles, cuya existencia, querida por un acto del amor eterno de Dios, profesamos (.).En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en razón de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo.Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. El quiso, pues, que la criatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera de la forma más plena posible, volverse semejante a El: Dios, que 'es amor'. Creando a los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado.
2. De hecho, como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros aparece dividido en buenos y malos. Pues bien, esta división no se obró por la creación de Dios, sino en base a la propia libertad de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos. Se realizó mediante la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y es irreversible, dado el grado de intuición y de penetración del bien, del que está dotada su inteligencia.A este respecto se debe decir también que los espíritus puros han sido sometidos a una prueba de Carácter moral. Fue una opción decisiva, concerniente ante todo a Dios mismo, un Dios conocido de modo más esencial y directo que lo que es posible al hombre, un Dios que había hecho a estos seres espirituales el don, antes que al hombre, de participar en su naturaleza divina.
3. En el caso de los espíritus puros la elección decisiva concernía ante todo a Dios mismo, primero y sumo Bien, aceptado y rechazado de un modo más esencial y directo del que pueda acontecer en el radio de acción de la libre voluntad del hombre. Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el hombre, porque con el poder de su inteligencia, no condicionada ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven hasta el fondo la grandeza del Ser infinito, de la primera Verdad, del sumo Bien. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros Dios ofreció el misterio de su divinidad haciéndoles participes, mediante la gracia, de su infinita gloria.Precisamente en su condición de seres de naturaliza espiritual, había en su inteligencia la capacidad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la que Dios les había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que del hombre, 'partícipes de la naturaleza divina', partícipes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que, en la comunión de las tres Divinas Personas, 'es Amor'.Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión de Amor.
4. La opción realizada sobre la base de la verdad de Dios, conocida deforma superior dada la lucidez de sus inteligencias, ha dividido también el mundo de los espíritus puros en buenos y malos.Los buenos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber escogido a Dios significa que se han vuelto a El con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza que es amor. Dios se ha convertido en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual.Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo. Han hecho una elección contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia, que los hacía partícipes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios, en la comunión con El mediante el amor. Basándose en su libertad creada, han realizado una opción radical e irreversible, al igual que la de los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en lugar de una aceptación de Dios, plena de amor, le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentido de autosuficiencia, de aversión y hasta de odio, que se ha convertido en rebelión.
5. Cómo comprender esta oposición y rebelión a Dios en seres dotados de una inteligencia tan viva y enriquecidos con tanta luz? ¿Cuál puede ser el motivo de esta radical e irreversible opción contra Dios, de un odio tan profundo que puede aparecer como fruto de la locura?.Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de 'ceguera', producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto develar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras '"No te servir !2, 20), que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del reino de Dios en el mundo creado. 'Satanás', el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer 'adversario' del Creador, como opositor de la providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios.De la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del hombre, debemos concluir acogiendo la sabia experiencia de la Escritura, que afirma: 'En el orgullo está la perdición' (Tob 4, 14).
La misión de los ángeles (30.VII.86)
1. Según la Sagrada Escritura, los ángeles, en cuanto criaturas puramente espirituales, se presentan a la reflexión de nuestra mente como una especial realización de la 'imagen de Dios', Espíritu perfectísimo, como Jesús recuerda a la mujer samaritana con las palabras; 'Dios es espíritu' (Jn 4, 24).Los ángeles son, desde este punto de vista, las criaturas más cercanas al modelo divino. El nombre que la Sagrada Escritura les atribuye indica que lo que más cuenta en la Revelación es la verdad sobre las tareas de los ángeles respecto a los hombres: ángel (angelus) quiere decir, en efecto, 'mensajero'. El término hebreo 'malak' -mélk-, usado en el Antiguo Testamento, significa más propiamente 'delegado' o 'embajador'.Los ángeles, criaturas espirituales, tienen función de mediación y de ministerio en las relaciones entre Dios y los hombres. Bajo este aspecto la Carta a los Hebreos dirá que a Cristo se le ha dado un 'nombre', y por tanto un ministerio de mediación, muy superior al de los ángeles (Cfr. Heb 1, 4).
2. El Antiguo Testamento subraya sobre todo la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza por parte del mundo creado.Los Salmos de modo especial se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman, p.e.: 'Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles.' (Sal 148, 1-2).De modo semejante en el Salmo 102: 'Bendecid a Yahvéh vosotros sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes, prontos a la voz de su palabra' (Sal 102, 20). Este último versículo del Salmo 102 indica que los ángeles toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación, como 'poderosos ejecutores de sus órdenes' según el plan establecido por la Divina Providencia.A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales por los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones, como nos recuerda, p.e., el Libro de Tobías (Cfr. especialmente Tob 3, 17 y 12, 12), mientras el Salmo 90 proclama: 'a sus ángeles ha dado órdenes. te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra'(Cfr. Sal 90, 1-12). Siguiendo el libro de Daniel, se puede afirmar que las funciones de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden no sólo a cada uno de los hombres y a aquellos que tienen funciones especiales, sino también a enteras naciones (Dan 10, 13-21).
3. El Nuevo Testamento puso de relieve las tareas de los ángeles respecto a la misión de Cristo como Mesías y, ante todo, con relación al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, como constatamos en la narración de la anunciación del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1, 11), de Cristo mismo (Cfr. Lc 1, 26), en las explicaciones y disposiciones dadas a María y José (Cfr. Lc 1, 30-37; Mt 1, 20-21), en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor (Cfr. Lc 2, 9-15), en la protección del recién nacido ante el peligro de la persecución de Herodes (Cfr. Mt 2, 13).Más adelante los Evangelios hablan de la presencia de los ángeles durante el ayuno de Jesús en el desierto a lo largo de 40 días (Cfr. Mt 4, 11) y durante la oración en Getsemaní (Cfr. Lc 22, 43). Después de la resurrección de Cristo será también un ángel, que se aparece en forma de un joven, quien dirá a las mujeres que habían acudido al sepulcro y estaban sorprendidas por el hecho de encontrarlo vacío: 'No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos. '(Mc 16, 6-7). María Magdalena, que se ve privilegiada por una aparición personal de Jesús, ve también a dos ángeles (Jn 20, 12-17; cfr. también Lc 24, 4). Los ángeles 'se presentan' a los Apóstoles después de la desaparición de Cristo para decirles: 'Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo?. Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo' (Hech 1, 11).Son los ángeles de la vida, de la pasión y de la gloria de Cristo. Los ángeles de Aquel que, como escribe San Pedro, 'está a la diestra de Dios, después de haber ido al cielo, una vez sometidos a El ángeles, potestades y poderes' (1 Pe 3, 22).
4. Si pasamos a la nueva venida de Cristo, es decir, a la 'parusía', hallamos que todos los sinópticos hacen notar que 'el Hijo del hombre. vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles' (así Mc 8, 38, Mt 16, 27 y 25, 31, en la descripción del juicio final; y Lc 9, 26; cfr. también San Pablo, 2 Tes 1, 7).Se puede, por tanto, decir que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan en el modo que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos clave, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto a los hombres. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter particular y esta función de ministerio mesiánico.
Naturaleza de los ángeles (6.VIII.8)
1. En las últimas catequesis hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo niceno-constantinopolitano y lo ha confirmado en el Conc. Lateranense IV (1215), cuya formulación ha tomado el Conc. Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios 'creó de la nada juntamente al principio del tiempo, ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos' (Cons. Dei Filius).O sea: Dios creó desde el principio ambas realidades: la espiritual y la corporal, el mundo terreno y el angélico. Todo lo que El creó juntamente('simuél') en orden a la creación del hombre, constituido de espíritu y de materia y colocado según la narración bíblica en el cuadro de un mundo ya establecido según sus leyes y ya medido por el tiempo ('deinde').
2. Juntamente con la existencia, le fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su realidad puramente espiritual implica ante todo su no materialidad y su inmortalidad. los ángeles no tienen 'cuerpo' (si bien en determinadas circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados '(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles' (Lc 20, 36).
3. En cuanto criaturas de naturaleza espiritual los ángeles están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él, si bien siempre finito, por el límite que es inherente a todas las criaturas. Los ángeles son también seres personales y, en cuanto tales, son también ellos, 'imagen y semejanza' de Dios.La sagrada Escritura se refiere a los ángeles utilizando también apelativos no sólo personales (como los nombre propios de Rafael, Gabriel, Miguel), sino también 'colectivos' (como las calificaciones de: Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Dominaciones, Principados), así como realiza una distinción entre Ángeles y Arcángeles. Aun teniendo en cuenta el lenguaje analógico y representativo del texto sacro, podemos deducir que estos seres-personas, casi agrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, correspondientes a la medida de su perfección y a las tareas que se les confía. Los autores antiguos y la misma liturgia hablan de los coros angélicos (nueve, según Dionisio el Aeropagita).La teología, especialmente la patrística y medieval, no ha rechazado estas representaciones tratando en cambio de darles una explicación doctrinal y mística, pero sin atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás ha preferido profundizar las investigaciones sobre la condición ontológica, sobre la actividad cognoscitiva y volitiva y sobre la elevación espiritual de estas criaturas puramente espirituales, tanto por su dignidad en la escala de los seres, como porque en ellos podía profundizar mejor las capacidades y actividades propias del espíritu en grado puro, sacando de ello no poca luz para iluminar los problemas de fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la consecución de su reino.
4. El tema a que hemos aludido podrá parecer 'lejano' o 'menos vital' a la mentalidad del hombre moderno. Y sin embargo la Iglesia, proponiendo con franqueza toda la verdad sobre Dios creador incluso de los ángeles, cree prestar un gran servicio al hombre.El hombre tiene la convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, en él (y no en los ángeles) es en quien se halla el centro de la Divina Revelación. Pues bien, el encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no sólo como cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio providencial de Dios.
5. Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: 'Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos' (Mt 18, 10). Ese 'ver de continuo la faz del Padre' es la manifestación más alta de la adoración de Dios.Se puede decir que constituye esa 'liturgia celeste', realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela 'a los Ángeles y a los Arcángeles' para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en su culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.
6. También según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de la Trinidad en la luz de la gloria, están también llamados a tener su parte en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos establecidos por el designio de la Providencia Divina. 'No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salud?', pregunta el autor de la Carta a los Hebreos (1, 14). Y esto cree y enseña la Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura por la cual sabemos que la tarea de los ángeles buenos es la protección de los hombres y la solicitud por su salvación.Hallamos estas expresiones en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, como por ejemplo en el Salmo 90, citado ya repetidas veces: 'Pues te encomendará a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras' (90, 11-12). Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a no escandalizarlos, se apela a 'sus ángeles' (Mt 18, 10). Además, atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino sobre la suerte del quien ha reconocido o renegado a Cristo: 'A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios' (Lc 12, 8-9; cfr. Ap. 3,5). Estas palabras son significativas porque si los ángeles toman parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la historia (Cfr. Mt 24, 31; 25, 31. 41).
7. Entre los libros del Nuevo Testamento, los Hechos de los Apóstoles nos hacen conocer especialmente algunos episodios que testimonian la solicitud de los ángeles por el hombre y su salvación. Así, cuando el ángel de Dios libera a los Apóstoles de la prisión (Cfr. Hech 5, 18-20), y ante todo a Pedro, que estaba amenazado de muerte por la mano de Herodes (Cfr. Hech 12, 5-10). O cuando guía la actividad de Pedro respecto al centurión Cornelio, el primer pagano convertido (Cfr. Hech 10, 3-8; 11, 12©13), y análogamente la actividad del diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza (Hech 8, 26-29).De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia se ha podido formar la persuasión sobre el ministerio confiado a los ángeles en favor de los hombres. Por ello, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección con una oración frecuente, como en la invocación del 'Ángel de Dios'. Esta oración parece atesorar las bellas palabras de San Basilio: 'Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida' (Cfr. San Basilio, Adv. Eunomium, III, 1; véase también Santo Tomás, S.Th. I, q.11, a.3).
8. Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre.El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: 'Mica-El' significa, en efecto: '¿quien como Dios?'. En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles 'ven la faz del Padre' que está en los cielos.El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: 'Mi poder es Dios' o 'Poder de Dios', como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente.Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. "Rafa-El' significa: 'Dios cura', El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de Custodia, cuidado y protección.Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: '¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?' (1, 14).
El pecado y la acción de Satanás (13.VIII.86)
1. Continuando el tema de las precedentes catequesis dedicadas al artículo de fe referente a los ángeles, criaturas de Dios, vamos a explorar el misterio de la libertad que algunos de ellos utilizaron contra Dios y contra su plan de salvación respecto a los hombres.Como testimonia el Evangelista Lucas en el momento, en el que los discípulos se reunían de nuevo con el Maestro llenos de alegría por los frutos recogidos en sus primeras tareas misioneras, Jesús pronuncia una frase que hace pensar: 'veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo' (Lc 10, 18).Con estas palabras el Señor afirma que el anuncio del reino de Dios es siempre una victoria sobre el diablo, pero al mismo tiempo revela también que la edificación del reino está continuamente expuesta a las insidias del espíritu del mal. Interesarse por esto, como tratamos de hacer con nuestra catequesis de hoy, quiere decir prepararse al estado de lucha que es propio de la vida de la Iglesia en este tiempo final de la historia de la salvación (como afirma el libro del Apocalipsis. Cfr. 12, 7). Por otra parte, esto ayuda a aclarar la recta fe de la Iglesia frente a aquellos que la alteran exagerando la importancia del diablo o de quienes niegan o minimizan su poder maligno.Las precedentes catequesis sobre los ángeles nos han preparado para comprender la verdad, que la Iglesia ha transmitido, sobre Satanás, es decir, sobre el ángel caído, el espíritu maligno, llamado también diablo o demonio.
2. Esta 'caída', que presenta la forma de rechazo de Dios con el consiguiente estado de 'condena', consiste en la libre elección hecha por aquellos espíritus creados, los cuales radical y irrevocablemente han rechazado a Dios y su reino, usurpando sus derechos soberanos y tratando de trastornarla economía de la salvación y el ordenamiento mismo de toda la creación.Un reflejo de esta actitud se encuentra en las palabras del tentador a los progenitores: 'Seréis como Dios' o 'como dioses' (Cfr. Gen 3, 5). Así el espíritu maligno trata de transplantar en el hombre la actitud de rivalidad, de insubordinación a Dios y su oposición a Dios que ha venido a convertirse en la motivación de toda su existencia.
3. En el Antiguo Testamento, la narración de la caída del hombre, recogida en el libro del Génesis, contiene una referencia a la actitud de antagonismo que Satanás quiere comunicar al hombre para inducirlo a la transgresión (Cfr. Gen 3, 5). También en el libro de Job (Cfr. Job 1, 11; 2,5.7), vemos que satanás trata de provocar la rebelión en el hombre que sufre. En el libro de la Sabiduría (Cfr. Sab 2, 24), satanás es presentado como el artífice de la muerte que entra en la historia del hombre juntamente con el pecado.
4. La Iglesia, en el Conc. Lateranense IV (1215), enseña que el diablo (satanás) y los otros demonios 'han sido creados buenos por Dios pero se han hecho malos por su propia voluntad'. Efectivamente, leemos en la Carta de San Judas: . a los ángeles que no guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio los reservó con vínculos eternos bajo las tinieblas para el juicio del gran día' (Jds 6). Así también en la segunda Carta de San Pedro se habla de 'ángeles que pecaron' y que Dios 'no perdonó. sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las cavernas tenebrosas, reservándolos para el juicio' (2, 4).Está claro que si Dios 'no perdonó' el pecado de los ángeles, lo hace para que ellos permanezcan en su pecado, porque están eternamente 'en las cadenas' de esa opción que han hecho al comienzo, rechazando a Dios, contra la verdad del bien supremo y definitivo que es Dios mismo. En este sentido escribe San Juan que: 'el diablo desde el principio peca' (1 Jn 3, 3). Y ' él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él' (Jn 8, 44).
5. Estos textos nos ayudan a comprender la naturaleza y la dimensión del pecado de satanás, consistente en el rechazo de la verdad sobre Dios, conocido a la luz de la inteligencia y de la revelación como Bien infinito, amor, y santidad subsistente.El pecado ha sido tanto más grande cuanto mayor era la perfección espiritual y la perspicacia cognoscitiva del entendimiento angélico, cuanto mayor era su libertad y su cercanía a Dios. Rechazando la verdad conocida sobre Dios con un acto de la libre voluntad, satanás se convierte en 'mentiroso cósmico' y 'padre de la mentira' (Jn 8, 44). Por esto vive la radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación, a los otros seres creados a imagen de Dios, y en particular a los hombres, su trágica 'mentira sobre el Bien' que es Dios. En el libro del Génesis encontramos una descripción precisa de esa mentira y falsificación de la verdad sobre Dios, que satanás (bajo la forma de serpiente) intenta transmitir a los primeros representantes del género humano: Dios sería celoso de sus prerrogativas e impondría por ello limitaciones al hombre (Cfr. Gen 3, 5). Satanás invita al hombre a liberarse de la imposición de este juego, haciéndose 'como Dios'.
6. En esta condición de mentira existencial satanás se convierte -según San Juan- también en homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural que Dios había injertado desde el comienzo en él y en las criaturas 'hechas a imagen de Dios': los otros espíritus puros y los hombres; satanás quiere destruir la vida según la verdad, la vida en la plenitud del bien, la vida sobrenatural de gracia y de amor. El autor del libro de la Sabiduría escribe:. por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen' (Sab 2, 24). En el Evangelio Jesucristo amonesta: . temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena' (Mt 10,28).
7. Como efecto del pecado de los progenitores, este ángel caído ha conquistado en cierta medida el dominio sobre el hombre.Esta es la doctrina constantemente confesada y anunciada por la Iglesia, y que el Concilio de Trento ha confirmado en el tratado sobre el pecado original (.): Dicha doctrina encuentra dramática expresión en la liturgia del bautismo, cuando se pide al catecúmeno que renuncie al demonio y a sus seducciones.Sobre este influjo en el hombre y en las disposiciones de su espíritu (y del cuerpo) encontramos varias indicaciones en la Sagrada Escritura, en las cuales satanás es llamado 'el príncipe de este mundo' (Cfr. Jn 12, 31; 14, 30;16, 11) e incluso 'el Dios del siglo' (2 Cor 4, 4). Encontramos muchos otros nombres que describen sus nefastas relaciones con el hombre: 'Belcebú' o 'Belial', 'espíritu inmundo', 'tentador', 'maligno' y finalmente 'anticristo' (1 Jn 4, 3). Se le compara a un 'león' (1 Pe 5, 8), a un 'dragón' (en el Apocalipsis) ya una 'serpiente' (Gen 3). Muy frecuentemente para nombrarlo se ha usado el nombre de 'diablo' del griego 'diaballein' -diaballein- (del cual 'diabolos'),que quiere decir: causar la destrucción, dividir, calumniar, engañar. Y a decir verdad, todo esto sucede desde el comienzo por obra del espíritu maligno que es presentado en la Sagrada Escritura como una persona, aunque se afirma que no está solo: 'somos muchos', gritaban los diablos a Jesús en la región de las gerasenos (Mc 5, 9); 'el diablo y sus ángeles', dice Jesús en la descripción del juicio final (Cfr. Mt 25, 41).
8. Según la Sagrada Escritura, y especialmente el Nuevo Testamento, el dominio y el influjo de Satanás y de los demás espíritus malignos se extiende al mundo entero. Pensemos en la parábola de Cristo sobre el campo (que es el mundo), sobre la buena semilla y sobre la mala semilla que el diablo siembra en medio del grano tratando de arrancar de los corazones el bien que ha sido 'sembrado' en ellos (Cfr. Mt 13, 38-39). Pensemos en las numerosas exhortaciones a la vigilancia (Cfr. Mt 26, 41; 1 Pe 5, 8), a la oración y al ayuno (Cfr. Mt 17, 21). Pensemos en esta fuerte invitación del Señor: 'Esta especie (de demonios) no puede ser expulsada por ningún medio sino es por la oración' (Mc 9, 29).La acción de Satanás consiste ante todo en tentar a los hombres para el mal, influyendo sobre su imaginación y sobre las facultades superiores para poder situarlos en dirección contraria a la ley de Dios. Satanás pone a prueba incluso a Jesús (Cfr. Lc 4, 3-13) en la tentativa extrema de C contrastar las exigencias de la economía de la salvación tal como Dios le ha preordenado.No se excluye que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de 'posesiones diabólicas' (Cfr. Mc 5,2-9). No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos e intervenciones directas al demonio; pero en línea de principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema manifestación de su superioridad.
9. Debemos finalmente añadir que las impresionantes palabras del Apóstol Juan: 'El mundo todo está bajo el maligno' (1 Jn 5, 19), aluden también a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios. El influjo del espíritu maligno puede 'ocultarse' de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus 'intereses': La habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra del diablo.Sin embargo, no presupone la eliminación de la libre voluntad y de la responsabilidad del hombre y menos aún la frustración de la acción salvífica de Cristo. Se trata más bien de un conflicto entre las fuerzas oscuras del mal y las de la redención. Resultan elocuentes a este propósito las palabras que Jesús dirigió a Pedro al comienzo de la pasión: . Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe' (Lc 22,31).Comprendemos así por que Jesús en la plegaria que nos ha enseñado, el 'Padrenuestro', que es la plegaria del reino de Dios, termina casi bruscamente, a diferencia de tantas otras oraciones de su tiempo, recordándonos nuestra condición de expuestos a las insidias del Maligno.El cristiano, dirigiéndose al Padre con el espíritu de Jesús e invocando su reino, grita con la fuerza de la fe: no nos dejes caer en la tentación, líbranos del Mal, del Maligno. Haz, oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el principio.
La acción de Satanás y la victoria de Cristo (20.VIII.86)
1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador de las cosas 'visibles e invisibles', nos ha llevado a iluminar y vigorizar nuestra fe por lo que respecta a la verdad sobre el maligno o Satanás, no ciertamente querido por Dios, sumo Amor y Santidad, cuya Providencia sapiente y fuerte sabe conducir nuestra existencia a la victoria sobre el príncipe de las tinieblas.Efectivamente, la fe de la Iglesia nos enseña que la potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una criatura, potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una criatura, con los límites de la criatura, subordinada al querer y al dominio de Dios. Si Satanás obra en el mundo por su odio a Dios y su reino, ello es permitido por la Divina Providencia que con potencia y bondad ('fortiter et suaviter') dirige la historia del hombre y del mundo. Si la acción de Satanás ciertamente causa muchos daños -de naturaleza espiritual- e indirectamente de naturaleza también física a los individuos y a la sociedad, él no puede, sin embargo, anular la finalidad definitiva a la que tienden el hombre y toda la creación, el bien. El no puede obstaculizar la edificación del reino de Dios en el cual se tendrá, al final, la plena actuación de la justicia y del amor del Padre hacia las criaturas eternamente 'predestinadas' en el Hijo-Verbo, Jesucristo. Más aún, podemos decir con San Pablo que la obra del maligno concurre para el bien y sirve para edificar la gloria de los 'elegidos' (Cfr. 2 Tim 2, 10).
2. Así toda la historia de la humanidad se puede considerar en función de la salvación total, en la cual está inscrita la victoria de Cristo sobre 'el príncipe de este mundo' (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). 'Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás' (Lc 4, 8), dice terminantemente Cristo a Satanás.En un momento dramático de su ministerio, a quienes lo acusaban de manera descarada de expulsar los demonios porque estaba aliado de Belcebú, jefe de los demonios, Jesús responde aquellas palabras severas y confortantes a la vez :'Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino?. Mas si yo arrojo a los demonios con el poder del espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios' (Mt 12, 25-26. 28). 'Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos' (Lc 11, 21-22). Las palabras pronunciadas por Cristo a propósito del tentador encuentran su cumplimiento histórico en la cruz y en la resurrección del Redentor. Como leemos en la Carta a los Hebreos, Cristo se ha hecho partícipe de la humanidad hasta la cruz 'para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a aquellos que estaban toda la vida sujetos a servidumbre' (Heb 2, 14-15). Esta es la gran certeza de la fe cristiana: 'El príncipe de este mundo ya está juzgado' (Jn 16, 11); 'Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo' (1 Jn 3, 8), como nos atestigua San Juan. Así, pues, Cristo crucificado y resucitado se ha revelado como el 'más fuerte' que ha vencido 'al hombre fuerte', el diablo, y lo ha destronado.De la victoria de Cristo sobre el diablo participa la Iglesia: Cristo, en efecto, ha dado a sus discípulos el poder de arrojar los demonios (Cfr. Mt 10,1, y paral.; Mc 16, 17). La Iglesia ejercita tal poder victorioso mediante la fe en Cristo y la oración (Cfr. Mc 9, 29; Mt 17, 19 ss.), que en casos específicos puede asumir la forma de exorcismo.
3. En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano. También si es verdad que la historia terrena continúa desarrollándose bajo el influjo de 'aquel espíritu que -como dice San Pablo- ahora actúa en los que son rebeldes' (Ef 2, 2), los creyentes saben que están llamados a luchar para el definitivo triunfo del bien: 'No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires' (Ef 6, 12).
4. La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento (Cfr. Ap 12, 7-9). Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir, que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien. En aquella victoria, precontenida en el misterio pascual de Cristo, se cumplirá definitivamente el primer anuncio del Génesis, que con un término significativo es llamado proto-Evangelio, con el que Dios amonesta a la serpiente: 'Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer' (Gen 3, 15). En aquella fase definitiva, completando el misterio de su paterna Providencia, 'liberará del poder de las tinieblas' a aquellos que eternamente ha 'predestinado en Cristo' y les 'transferirá al reino de su Hijo predilecto' (Cfr. Col 1, 13-14). Entonces el Hijo someterá al Padre también el universo, para que 'sea Dios en todas las cosas' (1 Cor 15, 28).
5. Con ésta se concluyen las catequesis sobre Dios Creador de las 'cosas visibles e invisibles', unidas en nuestro planteamiento con la verdad sobre la Divina Providencia. Aparece claro a los ojos del creyente que el misterio del comienzo del mundo y de la historia se une indisolublemente con el misterio del final, en el cual la finalidad de todo lo creado llega a su cumplimiento. El Credo, que une así orgánicamente tantas verdades, es verdaderamente la catedral armoniosa de la fe.De manera progresiva y orgánica hemos podido admirar estupefactos el gran misterio de la inteligencia y del amor de Dios, en su acción creadora, hacia el cosmos, hacia el hombre, hacia el mundo de los espíritus puros. De tal acción hemos considerado la matriz trinitaria, su sapiente finalidad relacionada con la vida del hombre, verdadera 'imagen de Dios', a su vez llamado a volver a encontrar plenamente su dignidad en la contemplación de la gloria de Dios. Hemos recibido luz sobre uno de los máximos problemas que inquietan al hombre e invaden su búsqueda de la verdad: el problema del sufrimiento y del mal. En la raíz no está una decisión errada o mala de Dios, sino su opción, y en cierto modo su riesgo, de crearnos libres para tenernos como amigos. De la libertad ha nacido también el mal. Pero Dios no se rinde, y con su sabiduría transcendente, predestinándonos a ser sus hijos en Cristo, todo lo dirige con fortaleza y suavidad, para que el bien no sea vencido por el mal.